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Citado
- Humor y Dinero
- El Alcalde
- Elefante
- Intolerancia
- Parto Difícil

Eran las tres de la tarde en la sala de redacción
de La Prensa. Me acerqué al despacho del director.
Pasé, como siempre, sin avisar. Estaba junto a él
una visita. Una abogada que ocupaba el cargo de jueza de
los tribunales de justicia.
Mi propósito era entregar la caricatura para la
edición del día siguiente, me excusé
con la visita y me dirigí al director, "Mire,
doctor Fernández". Era una caricatura en
la que aparecía el presidente de la Corte suprema.
Fernández sonrió observando mi dibujo y casi
como un acto reflejo se lo mostró a la jueza. "Aquí
está su jefe, abogada", le dijo riéndose
con inocultable malicia, "¿Qué le
parece?".
La jueza, con una seriedad de roca en la cara, deslizó
sus ojos por encima de la caricatura, miró al vacío
y me dijo: "El día que a mí me dibuje
en una caricatura, nos veremos en los tribunales".
La amenaza me sorprendió. En el acto le respondí:
"En esto a todos se nos llega el día".
Fernández intervino riéndose más fuerte
para despejar el ambiente enrarecido que se había
creado en su oficina.
Salí de la sala.
Meses más tarde la funcionaria fue separada de su
cargo, enjuiciada, capturada, esposada y enviada a prisión.
Ese día me fue inevitable dibujarla cambiando el
fino traje de aquella tarde de la amenaza por el trajecito
rayado de los reos.
Hasta hoy, no me han citado.



Crucé la calle para entrar al periódico. "Buenas
tardes, Banegas", me dijo una sonriente mujer
humilde. "Quiero hablar con usted".
Le pedí que pasara a algo que me habían asignado
en el edificio del periódico. Un cubículo
en el que dos personas sólo cabían si se mantenían
de pie.
La visitante sacó de su bolso un ordenado álbum
de caricaturas mías que ella recorta a diario y comenzó
a explicarme las poderosas razones de su simpatía
con mis obras.
Interpreta cada dibujo, escudriña cada trazo, contabiliza
las palabras que incluyo, registra cada personaje, los confronta
con sus sueños y realiza unas complicadísimas
ecuaciones hasta encontrar las "claves ocultas"
con las que, según ella, en cada caricatura le sugiero
indubitablemente qué número comprar en la
lotería. Compra los números y gana mucho dinero.
Así ha construido una casa muchísimo más
grande y decorada que la mía.



Aquella mañana el señor Gerente se enfureció
al ver que en la caricatura del periódico estaba
él con un pie escayolado y cargando un afiche de
Carlos Flores, candidato presidencial del Partido Liberal,
cuya prolongada nariz se convertía en el dedo con
el que lo señalaba, al señor gerente, como
candidato florista a la alcaldía sampedrana.
La publicación de ese dibujo le dolió más
que la fractura del pie. Exaltado y descontrolado salió
en busca de Julio, mi hermano, empleado de su empresa, a
desatar sobre su inocente humanidad toda la cólera
que mis manos le habían provocado.
Nunca, hasta entonces, miré en mi carrera que alguien
se había enojado tanto por tan poco.
Más tarde, mi hermano perdió el trabajo y
el gerente ganó las elecciones. Fue alcalde.
Durante su gestión lo dibujé varias veces
pero nunca supe si le quité de nuevo la dulzura del
carácter, hasta que una mañana me invitó
a desayunar. Me pidió disculpas por la torpeza. Yo
no lo disculpé, porque no tenía nada que disculparle
y sí mucho que agradecerle por permitirme conocerlo
desde aquella mañana antes de ser alcalde.
Hoy ya no es alcalde, yo sigo siendo dibujante.



Era la cara de ella y el cuerpo de un elefante blanco. La
designada presidencial y la Oficina Gubernamental de la
Mujer. La caricatura la publiqué un sábado.
Al día siguiente la funcionaria llamó por
teléfono a mi mamá. Descargó toda la
cólera que tenía contra mí.
La siguiente semana recibí una carta que aún
conservo en la que me manifestó su desagrado y me
reclamaba un trato amable recordándome que somos
paisanos. En la carta adjuntó una impresionante cantidad
de recortes de prensa en los que se promocionaba el elefante
blanco que dirigió. El elefante ya desapareció,
no llegó a cumplir más de cuatro años.



Los únicos diputados que se opusieron a que el salvaje
servicio militar obligatorio se convirtiera en voluntario
y humanista fueron uno del Pinu y otro del Partido Nacional.
Yo dibujé una caricatura en la que un gorila representando
a las Fuerzas Armadas les daba las gracias por el apoyo
a dos títeres.
El diputado nacionalista, envió al periódico,
una extensa carta en la expresó toda su furia contra
el autor del dibujo, que siendo también su paisano,
lo dibujó así.
Después el diputado intentó ser Comisionado
de Derechos Humanos y no lo logró.
Candidato presidencial y no lo logró. Intentó
ser Fiscal General y no lo logró. No sé si
habrá intentado ser tolerante con el humor.



Estaba programado por el obstetra de mi esposa, que el parto
de Ángel Darío fuese el lunes 4 de Julio de
1994. Cuando ingresamos a la clínica, eran las once
de la mañana y aún no había enviado
al periódico la caricatura para la edición
del día siguiente. La llevaba conmigo "a medio
hacer". Mientras la enfermera registraba a Rosa Indira,
aproveché para seguir entintando mi dibujo en una
esquina de su escritorio.
Era mi faena del día, pero la mujer de blanco no
me conocía y creyó que yo estaba distrayéndome
para relajar los nervios de un futuro papá.
"¿Se siente nervioso?", me preguntó.
Si no le hubiera aclarado que estaba laborando para financiar
la leche del por venir, quizá me hubiese inyectado
un calmante.
Fue más difícil "mi parto" que el
de mi mujer. |